Félix Martínez Bonati
La ficción narrativa
Su lógica y ontología
Nota a la presente edición
La primera, agotada, edición de este libro fue publicada en 1992 por la
Universidad de Murcia. He hecho un buen número de correcciones menores
para la edición presente. A los datos bibliográficos que doy en la Nota Preli
minar, debo agregar que otros dos de los capítulos del libro aparecieron
también, con posterioridad a su publicación como artículos en castellano, en
inglés: "The Act of Writing Fiction" en New Literary History, Spring, 1980, y
"On Fictional Discourse", en el enormemente demorado homenaje a Lubo-
mir Dolezel: Fiction Updated: Theories of Fictionality, Narratology, and Poetics,
editado por C.A. Mihailescu y W. Harmameh, University of Toronto Press,
1996.
Agradezco cordialmente a Paulo Slachevsky y sus colaboradores en la
Editorial LOM su interés y ayuda en este proyecto.
Bremen, agosto de 2000
Nota preliminar
En el prólogo a la primera edición de La estructura de la obra literaria
(Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1960), prometí dos
obras -una sobre la ontología de la ficción y otra sobre modalidades funda
mentales de la representación narrativa. Años más tarde, en la nota preliminar
a la segunda edición (Seix Barral, Barcelona, 1972), no libre aún de inmodera
do optimismo, anuncié la inminente aparición de otro libro mío, escrito, por
las circunstancias de su origen, en alemán: Fiktion und Darstellung (Ficción y
representación), el cual, si hubiese aparecido, habría cumplido con buena parte
de la promesa. Obstáculos varios, no pocos subjetivos, terminaron por anular
esos proyectos. Fiktion und Darstellung no verá la luz pública, como tampoco
mi disertación doctoral de 1956 (Zur Logik und Ontologie der literarischen Er-
zahlung), con la que inicié mis estudios de teoría de la literatura. Hoy me inclino
a apreciar positivamente aquellas frustraciones.
Náufragos en el océano del
papel, podemos dar un giro nuevo a la petición de Cide Hamete de que se le
den alabanzas por lo que ha dejado de escribir.
Sin embargo... Los temas de estos trabajos han seguido ocupándome,
como han seguido incitándome a escribir los usos de la profesión universita
ria y sobre todo el interés de colegas y estudiantes. A través de las últimas dos
décadas, alternándolo con estudios sobre Cervantes y temas de la teoría de la
interpretación, he tratado de dar respuesta, en artículos y conferencias, a los
enigmas de la ficcionalidad.
El presente libro reúne mis trabajos acerca del ser
de la ficción y el sistema de las modalidades de la representación narrativa
del mundo. Seguí en estas publicaciones el orden de los problemas, tal como
ellos se me iban mostrando, y por eso su serie cronológica, que con menores
alteraciones reproduzco en la secuencia de capítulos, se aproxima a su orden
sistemático.
De estos doce capítulos, diez son traducciones o versiones levemente
modificadas de artículos que han ido apareciendo desde 1972 en alemán, es
pañol e inglés -la lengua según la ocasión de conferencias, coloquios u
homenajes. Las publicaciones originales son: «Die logische Struktur der-Di-
chtung», Deutsche Vierteljahrsschriftfür Literaturwissenschaft und Geistesgeschichte
(1973); «Erzáhlungsstruktur und ontologische Schichtenlehre», in Erzahlfors-
chung I, ed. W. Haubrichs (Góttingen, 1976); «El acto de escribir ficciones»,
Dispositio (1978); «Algunos tópicos estructuralistas y la esencia de la poesía»,
Revista Canadiense de Estudios Hispánicos (1978); «El sistema del discurso y la
evolución de las formas narrativas», Dispositio (1980-81); «Representación y
ficción», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos (1981); «Towards a Formal
Ontology of Fictional Worlds», Philosophy and Literature (1983); «Fiction and
the Transposition of Presence», Analecta Husserliana (1984); «El material de la
literatura», Homenaje a Ana María Barrenechea (Madrid, 1984); «Mensajes y li
teratura», Actas del Congreso de Semiótica Hispánica (Madrid, 1985).
En el estudio de la ficción narrativa, nos vemos forzados a tocar mate
rias de varias disciplinas: teoría del conocimiento, ontología, narratología,
filosofía del lenguaje, estética y lingüística general. Sería tarea enorme -ina
barcable, creo, para el investigador individual- pormenorizar los desarrollos
especializados que tienen lugar hoy en cada uno de los campos directa o indi
rectamente pertinentes.
El propósito del presente libro no puede ser otro que
ofrecer una concepción general del fenómeno y una serie de incisiones en sus
varios aspectos que están destinadas a exponer interrogantes. He desistido
de actualizar sistemáticamente las referencias bibliográficas así como de agre
gar nuevos comentarios en defensa o modificación de las tesis que expongo.
Mi tratamiento de los varios asuntos de este libro está fundado en el concepto
de discurso ficticio que introduje en La estructura de la obra literaria. Lo que
llamamos literatura en sentido estricto (las «bellas letras», la poesía) constitu
ye un discurso tan ficticio como un personaje de novela o una historia
imaginada. Y puesto que es mera imaginación, puede este discurso ser realis
ta o fantástico en varios grados. No siempre se percibe el alcance de este
concepto, que creo fundamental para comprender el ser y carácter de la lite
ratura.
Después de tantos años, como es de suponer, debo a la generosidad de
muchos los impulsos más fuertes para proseguir estos estudios. Quiero agra
decer la atención que les han prestado Dorrit Cohn (Universidad de Harvard),
Lubomir Dolezel y Mario Valdés (Universidad de Toronto), Cedomil Goic y
Walter Mignolo (Universidad de Michigan, Ann Arbor), Antonio García
Berrio (Universidad Complutense, Madrid), Günther Patzig (Universidad de
Góttingen), Miguel Ángel Garrido Gallardo (Consejo Superior de Investiga
ciones Científicas, Madrid), Harald Delius y Hans-Wemer Amdt (Universidad
de Mannheim), Saúl Yurkievich (Universidad de París), Carlos Albarracín
Sarmiento (Universidad de California), Juan Loveluck (Universidad de South
Carolina), José María Paz Gago (Universidad de La Coruña), Myma Solotore-
vsky (Universidad de Jerusalem), Jorge Guzmán, Eladio García, Lucía
Invernizzi, Federico Schopf y Luis Vaisman (Universidad de Chile, Santiago),
Juan Ornar Cofré (Universidad Austral de Chile, Valdivia), Manuel Alcides
Jofré (Universidad de La Serena, Chile), René Jara (Universidad de Minneso
ta), David William Foster (Universidad de Arizona), Ruth El Saffar, Graciela
Reyes y Leda Schiavo (Universidad de Illinois), Darío Villanueva (Universi
dad de Santiago de Compostela), Óscar Hahn (Universidad de Iowa), Carlos
Cortínez (Universidad de Florida), Ignacio Soldevila, Antonio Risco, Georges
Parent y Jean-Claude Simard (Universidad Laval, Quebec), Antonio Gómez-
Moriana y Félix Carrasco (Universidad de Montreal), Juan Ferraté y José Varela
(Universidad de Alberta, Edmonton), Robert Spires (Universidad de Kansas,
Lawrence), Marie-Laure Ryan, Juan Carlos Lértora (Skidmore College), Ber
nardo Pérez (Rice University), Susana Reisz de Rivarola (Universidad Católica
de Lima), Mario Rodríguez (Universidad de Concepción, Chile), Juan Ville
gas (Universidad de California, Irvine), Emilio Bejel (Universidad de Colorado,
Boulder), Luis Beltrán Almería (Universidad de Zaragoza), Thomas Pavel
(Princeton University) y mis colegas Philip Silver, Gonzalo Sobejano y Jaime
Alazraki (Columbia University).
En mi recuerdo, los temas de estos estudios se asocian a una conversa
ción que tuve en 1988, en una playa de Galicia, al atardecer del día y de la
filosofía, con Carlos Baliñas y Patricio Peñalver.
La deuda mayor de este libro es a José María Pozuelo Yvancos, el cate
drático de Teoría de la Literatura de la Universidad de Murcia, a cuya
alentadora invitación responden estas páginas.
Nueva York, primavera de 1992
1. Algunos tópicos estructuralistas y la
esencia de la poesía
(Un epílogo a La estructura de la obra literaria)
El propósito de estas páginas es precisar y desarrollar en algunos puntos el
modelo de las funciones del lenguaje y la concepción del lenguaje literario que he
presentado en mi libro, La estructura de la obra literaria1. Para ello, examino crítica
mente concepciones de Román Jakobson, Jean Cohén, Francisco Ayala y otros.
Los conceptos de Román Jakobson sobre «la función poética
del lenguaje»
En dos antologías de considerable difusión que contienen trabajos re
presentativos de la crítica estructuralista (The Structuralists from Marx to
Lévi-Strauss, New York, 1972; Strukturalismus in der Literaturwissenschaft, Co
lonia, 1972) se reprodujo una contribución, ya entonces célebre, de Román
Jakobson, titulada «Linguistics and Poetics» (originalmente publicada en la
colección de ponencias Style in Language, ed. Thomas A. Sebeok, M.I.T. Press,
Cambridge, Massachusetts, 1960). El citado ensayo de Jakobson presenta su
cintamente algunos motivos dominantes de la teoría literaria y de la práctica
crítica de los estructuralistas.
En el centro de ellos están las consideraciones
del eminente lingüista sobre las funciones del lenguaje y la naturaleza del
lenguaje poético (en gran parte ya presentes en las tesis de 1928, elaboradas
junto a Mukarowsky en el Círculo de Praga), consideraciones que difieren de
las expuestas en las partes segunda y tercera de mi libro antedicho y repiten
puntos de vista que he criticado allí como erróneos. En los párrafos siguientes
Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1960; Seix Barral, Barcelona, 1972;
Seix Barral, Buenos Aires, 1974; Ariel, Barcelona, 1983. Una versión inglesa, modificada en
algunas partes, apareció con el título Fictive Discourse and the Structures of Literature: A Phe-
nomenological Approach, trad. Philip W. Silver, Comell University Press, Ithaca and London,
1981.
haré una crítica general a esta difundida concepción, confrontándola con la
versión modificada del modelo de Karl Bühler que he presentado en el libro.
El punto de partida de Jakobson -que corresponde a lo que es hoy un
dogma muy usual sobre la naturaleza de la poesía- pone a la reflexión, a mi
juicio, en mal camino: «Poetics deais primarily with the question, What makes
a verbal message a work ofart?» Si empezamos dando por sentado que la poe
sía es un mensaje verbal, y que su naturaleza debe ser definida, sobre esa
base, mediante una differentia specifica, esto es, suponiendo su identidad ge
nérica fundamental con las diversas especies de mensajes verbales, no
podremos aprehender la esencia del fenómeno literario.
He explicado dete
nidamente, en la Tercera Parte de mi libro, lo que puedo resumir aquí de la
siguiente manera: considerada la poesía como mensaje, como comunicación
real, no es un hecho verbal (sino la presentación física de un icono de un
hecho verbal imaginario); considerada como un hecho verbal, no es prima
riamente un mensaje (sino un objeto imaginario presentado a la
contemplación, que sólo secundariamente despliega una dimensión simbó
lica, un «mensaje», no lingüística, hacia el mundo real). (¿Diríamos acaso de
alguien que produce la cita textual de un acto lingüístico inexistente, que
está dando de sí un mensaje verbal? Se percibe, creo, la disonancia lógica de
tal descripción).
En un breve pasaje del texto que comento, insinúa Jakobson una obser
vación del carácter radicalmente singular del discurso poético, concluyendo
que «virtually any poetic message is a quasi-quoted discourse with all those
peculiar, intricate problems which 'speech within speech' offers to the linguist».
En vez de concebir, empero, la poesía como transposición a lo imaginario del
acto verbal y sus funciones, Jakobson intenta, como ya señalé, descubrir una
función específicamente poética del acto verbal real. Para ello, propone un mo
delo de la comunicación lingüística, que agrega al modelo de Bühler dimensiones
aparentemente no consideradas por el autor de la Sprachtheorie.
Los términos de la relación comunicativa que Jakobson agrega al mo
delo considerado en la Segunda Parte de mi libro, son: 1) «contact» -conexión
psicofísica o «canal», que establece la relación entre el emisor y el receptor, y
porta el mensaje. (Supongo que el ejemplo fundamental de estos «canales» son
las ondas del sonido vocal y la percepción auditiva.) 2) «code» -el código em
pleado en la comunicación, la lengua usada. A las funciones lingüísticas
señaladas por Bühler (expresiva, representativa, apelativa; Jakobson: «emoti-
ve», «referential», «conative»), que corresponden a los términos situacionales
de emisor, objeto y receptor (Jakobson: «addresser», «context», «addressee»), se
agregarían tres otras: la función metalingüística (determinada por la relación del
mensaje con el código), la hmciónfática, «phatic» (determinada por las virtudes
propias del canal o contacto), y la función poética, determinada por la atención
puesta sobre el mensaje mismo, atención que, en cierto modo, lo independiza
ría de los otros términos de la situación comunicativa, y enfatizaría las relaciones
del signo lingüístico del hablar consigo mismo: las relaciones internas de sus
partes constitutivas. «The set (Einstellung) toward the message as such, focus on
the message for its own sake, is the poetic function of language».
(Se advierte,
creo, que ésta es una fórmula que define a la poesía por su autonomía estética y
su desprendimiento del contexto pragmático. Con ello, resulta tanto más in
apropiado el que se la siga considerando «mensaje»).
Como Jakobson, en su modelo, prosigue, básicamente, en la línea de
análisis de Bühler, podríamos dirigir de igual modo a este nuevo esquema del
hablar algunas de las observaciones críticas que he hecho al anterior. Pero
aquí me limitaré a señalar algunas incongruencias nuevas.
Ante todo, este modelo no está exento de una ambigüedad fundamen
tal: ¿Qué es, dentro de esta constelación, el mensaje? No el hecho material
concreto del signo, pues «canal» designa allí a esta realidad física. El signo
sensible abstracto (la «forma» del sonido articulado), portado por el canal se
gún los principios de relevancia abstractiva determinados en el código (o sea,
en el sistema fonológico del caso), tampoco puede ser pensado como todo el
mensaje, ya que el mensaje, en el sentido usual de la palabra (e igualmente en
el sentido terminológico en que Jakobson, según se deduce de su texto, la
maneja), es también lo comunicado por el signo sensible. Y ya sabemos (véase
la citada Segunda Parte de mi libro) que lo comunicado no son meramente las
dimensiones internas e ideales del discurso (la «forma» del contenido), sino,
además, los hechos concretos (reales o imaginarios) significados a través de
ellas. «Mensaje» es más bien un nombre apropiado para la comunicación lin
güística toda, especialmente si la consideramos atendiendo en primera línea
a su aspecto representativo-referencial.
El mensaje es lo comunicado, no
meramente los signos por medio de los cuales se hace la comunicación.
(Rigurosamente, mensaje es lo que llamo la situación comunicada)2. No es, pues,
un término adecuado para uno de los aspectos constitutivos de la comunica
ción; no es un término de la visión analítica, sino de la visión sintética del
lenguaje, como lo son también «palabra», «frase», «lenguaje», etc.3, y, por eso,
no contribuye sino a confundir y anular el esfuerzo analítico que constituye,
precisamente, el modelo de las funciones del lenguaje.
La estructura de la obra literaria, Segunda Parte, Cap. VI, a.
Véase sobre esto la «Introducción», Cap. III, de mi libro citado.
Por ello, al confinar a la «función poética» en el ámbito del «mensaje»,
Jakobson parece delimitar y definir el campo de la poesía, pero, en verdad, no
lo hace, pues la ambigua denotación del término «mensaje» lo hace extensible
a la comunicación entera.
De hecho, sus análisis de obras poéticas abarcan
tanto al signo sensible del discurso como a sus dimensiones representativa,
expresiva y apelativa, aunque es claro que insiste preferentemente en las rela
ciones fonológicas, morfológicas, sintácticas y semánticas. Pero no descuida
el sentido referencial (imaginario) del discurso poético. El «mensaje en cuan
to tal» resulta ser, entonces, simplemente la comunicación lingüística, y la
«función poética» del lenguaje, no otra cosa que la absolutización de la comu
nicación lingüística, es decir, la contemplación de lenguaje imaginario, como
he mostrado en la Tercera Parte del libro citado.
Pero veamos los elementos de la teoría de Jakobson más detenidamente.
Anotemos, en segundo lugar, que la «función metalingüística» no es
sino una entre tantas especies de la función representativa o referencial, y no,
como pretende Jakobson, una dimensión del significado diversa de ésta.
Al
lingüista (y al logicista) podrán interesarle muy especialmente frases en que
se habla del código usado en ellas mismas (un ejemplo de Jakobson: «A sopho-
more is (or means) a second-year student»), pero ello no debe obscurecer el hecho
de que, en este respecto, el código es sólo un objeto posible, entre todos los
posibles objetos, de la referencia lingüística.
Así como la expresa referencia del
hablante a sí mismo, la autorreferencia, no deja de ser referencia, esto es, fun
ción representativa del discurso, y no debe confundirse con la función
expresiva4, no deja la descripción del código de ser descripción, un hablar
acerca de ciertas cosas, en que la dimensión indicativo-representativa es pre
dominante. No hay razón alguna para suponer que el lenguaje funciona
esencialmente de otra manera cuando digo «'ínclito' significa 'ilustre'», que
cuando digo «dos es igual a la raíz cuadrada de cuatro», o «el justo no guarda
rencor». Y tampoco es otra la dimensión significativa dominante, si digo «este
papel está rayado», etc.
La función «fática»5 estaría ejemplificada por frases como: «Helio, do
you hear me?», «Are you listening?», y diálogos como éste de Dorothy Parker:
He subrayado esto en el lugar pertinente, Segunda Parte, Cap. V.
«Fático» significa, presumiblemente, «relativo al hablar» (del griego). Jakobson dice tomar este
término y concepto del artículo de B. Malinowski, «The Problem of Meaning in Primitive Lan-
guages», que aparece adosado como «Supplement I» a The Meaning of Meaning, de Ogden y
Richards.
Pero el lector verifica que, en dicho artículo, Malinowski no habla de una «phatic
function» del lenguaje, sino de una función de «phatic communion», es decir, de comunión ver
bal, mejor: de comunión anímica por medio del lenguaje.
«Well!» the young man said. «Well!» she said. «Well, here we are», he
said. «Here we are» she said, «Aren't we?», etc.
Asegurar y prolongar el contacto verbal sería la función predominante
de estos discursos, una función, pues, supuestamente diversa de las tres de
mi modelo, y tan fundamental como ellas.
Sin duda puede hablarse, con respecto a los tipos de discurso ejemplifi
cados, de una «función» de «contacto», pero la cuestión debida, como sugerí
en la Segunda Parte citada, es: ¿Se trata aquí de algo que es una «función» del
discurso, en el mismo sentido de la palabra «función» en que expresión, represen
tación y apelación son funciones del discurso? Frases del tipo «Are you
listening?» no presentan ninguna función fundamental no considerada en la
tríada de Bühler. Se trata de preguntas, una clase de discursos con una especial
dimensión apelativa -porque el efecto intencional es una determinada con
ducta verbal del oyente: una respuesta- y una especial dimensión representativa -la proyección de un hecho como problemático.
Que, en el caso de frases como
la del ejemplo, la dimensión representativa de la pregunta se dirija a un as
pecto del propio acto de comunicación que la frase crea, es un hecho
interesante, pero no constituye una función fundamental del discurso, diver
sa de las funciones de la tríada.
El segundo tipo de discursos, ejemplificado por el diálogo de Dorothy
Parker, presenta un fenómeno muy diferente, y no debe confundirse con el
anterior, aunque pueda decirse de ambos que se relacionan con el proceso del
contacto verbal. Pues, en el diálogo citado, no hay dificultad ni esfuerzo algu
nos que se relacionen con la adecuada recepción del «mensaje» lingüístico. El
contacto lingüístico no tiene en este caso ninguna problematicidad especial.
Lo que hay aquí es un ejemplo de uso extra-lingüístico de una comunicación
lingüística aparente -algo que se suma al grupo de mis pseudofrases y de los
performatives de J. L. Austin6.
El sentido, la función vital de esas «frases», es
crear una comunión anímica primaria, alingüística, que puede ser producida
también con actos rituales, danzas y otras formas de relación interhumana. Es
éste el uso del lenguaje a que se refiere Malinowski con el término de «phatic
communion». Tenemos en él uno de los casos de anulación o degradación del
discurso como discurso, para someter la acción verbal a funciones no lingüís
ticas. Por ello, tampoco cabe hacer de esto una función fundamental del
lenguaje.
Al examinar el modelo de las dimensiones semánticas, puse énfasis en
el carácter esencial de las tres dimensiones encontradas, esto es, en la evidencia
Véase la «Nota» a la segunda edición de mi libro.
de que no puede haber acto efectivo de comunicación lingüística que carezca
de alguna de ellas. Las tres dimensiones definen el acto de la comunicación
lingüística (si se prefiere esta formulación analítica a la jerga de la descripción
fenomenológica de la esencia).
¿Puede sostenerse que las funciones «metalin-
güística» y «fática», vistas en la teoría de Jakobson, pertenecen necesariamente,
aunque no siempre predominen sobre las otras, a todo acto de comunicación
lingüística?
Si entendemos como «metalingüístico» el discurso que se refiere al có
digo usado en la comunicación, el discurso en que se habla acerca de la lengua
usada, parece obvio que no todo discurso es metalingüístico.
Que en todo
discurso el código «está presente», y operando, es indudable, pero ¿es esta
presencia del código una función del discurso? Y, si lo fuese, ¿lo sería en el
mismo sentido en que expresión, representación y apelación son funciones
suyas?
En cuanto a la función «fática», es evidente que no todo discurso tiene
el carácter semilingüístico del diálogo poco antes citado. Por otra parte, ha
blar de veras siempre implica, sin duda, establecer un contacto físico-psíquico
con el oyente (aun cuando éste sea el mismo hablante); pero, si damos a la
«función fática» un sentido tan amplio como el de establecer el contacto ver
bal físico-psíquico entre los interlocutores, vemos que el término se convierte
en un nuevo, e innecesario, nombre para la comunicación lingüística en su
totalidad -y que la «función fática» no puede ser considerada entonces como
una función del lenguaje entre otras.
No parece, pues, adecuado a la naturaleza del fenómeno, poner «fun
ciones» como las mencionadas en una línea con las tres fundamentales.
¿Qué agregar a lo antes dicho acerca de la supuesta «función poética»
del discurso, en la que el énfasis de la comunicación estaría en el mensaje mis
mo, y no, pues, en aquello a que el mensaje se refiere, ni en su productor, ni en
su destinatario? ¿Puede esto ser llamado una función del lenguaje, en cual
quier sentido usable de la palabra «función»? ¿No parece más adecuado decir -como ya señalé- que lo que allí se tiene es un discurso o mensaje desprendi
do de todo contexto real, y expuesto así a la contemplación irrestricta: un
discurso imaginario?
Leyendo las admirables páginas que Jakobson ha dedicado al análisis
de poemas (de Brecht, de Baudelaire -en colaboración con Lévi-Strauss- etc.),
puede comprenderse mejor qué tiene en vista cuando habla de esta aplica
ción (¿del lector u oyente?) al mensaje mismo, que constituiría la «función
poética del lenguaje».
Podemos decir que, en la visión de Jakobson, comparti
da por no pocos críticos estructuralistas, un texto adquiere una potencialidad
específica (precisamente, una «función poética») cuando las relaciones entre
sus diversas partes y elementos se someten, no sólo a las normas fonológicas,
morfológicas y sintácticas generales de la lengua, sino, además, a principios
de ordenación ultralingüísticos, es decir, no imprescindibles para la adecua
da y normal constitución del sentido en el mensaje ordinario. (Con lo cual se
habría dicho ya, implícitamente, que la «función poética» no es una función
fundamental del lenguaje, y no debe ser puesta en el mismo plano de las fun
ciones de la tríada bühleriana).
Jakobson formula, en términos de la lingüística, este principio, dicien
do: «The poetic function projects the principie of equivalence from the axis of
selection into the axis of combination».
Esto no puede entenderse -me parece
obvio- como si, en el discurso poético, los ejes de selección y combinación (o
sea, el sistema paradigma-sintagma), propios de todo discurso, quedaran anu
lados o trastocados. Si lo fueran, el texto sería ininteligible. (Y no me parece,
en rigor, «imaginable» un tal discurso).
Por eso, he sugerido que el principio
poético aquí visto es una ordenación «ultralingüística» (no extralingüística),
es decir, una ordenación adicional de formas del lenguaje, que se suma a la
organización primaria del sentido, propia de todo discurso. Pues, ciertamen
te, Jakobson no querrá decir que en la poesía desaparezcan los vínculos
sintácticos de las palabras, ni sus determinaciones fonológicas y morfológicas
comunes.
Lo que podemos decir, de acuerdo con la teoría que estamos examinan
do, y simplificando deliberadamente, es que el discurso poético presenta (con
frecuencia indeterminada, diría yo; siempre, deberá sostener Jakobson) va
riados sistemas de repetición de formas, a lo largo de su secuencia de fonemas,
sílabas, palabras y frases.
Aliteraciones, rima, ritmos métricos, paralelismos,
anáforas, reiteraciones de la misma referencia (o significación) con diversas
imágenes, etc. son sistemas repetitivos que proyectan, sobre la serie de los
elementos siempre diferentes de la secuencia verbal, un patrón abstracto in
sistente. El conjunto de estos patrones de reiteración constituye una parte
esencial de la «estructura» del texto, en el sentido que esta palabra adquiere
en autores como Jakobson, Lévi-Strauss, Greimas, Riffaterre, etc. Ante algu
nos trabajos estructuralistas, uno se siente tentado a aventurar la fórmula de
que, para ellos, la estructura relevante del texto poético (y mítico) no es la
sucesión discursiva (el decurso de una serie informativa que aumenta, paso a
paso, con la adición de elementos cada vez diferentes), sino la de una apari
ción estática, significada una y otra vez con variaciones, y así enriquecida,
por las partes irrelevantemente sucesivas del texto.
En todo caso, un texto poético se muestra, pues, al análisis estructura-
lista, como un tejido más apretado, más rico de relaciones formales internas,
que el discurso ordinario.
Hasta qué extremo es posible desentrañar la red
estructural, y cuán compleja es ésta, puede verse en los estudios de Jakobson
y Lévi-Strauss (L'Homme, 1962) y de Michael Riffaterre (Yak French Studies,
1966) sobre los catorce versos de "Les Chats" de Baudelaire.
De estas disquisiciones interesa sobre todo, para nuestro tema presente,
la notoria imposibilidad de encontrar algo así como una «función poética»
universal de todo lenguaje, ya que no parece admisible sostener que en todo
discurso se proyecte el principio de equivalencia sobre el eje de la combina
ción, que en todo mensaje verbal se entretejan los elementos lingüísticos con
estructuras adicionales a las gramaticales.
Pero aun si admitimos que existe en el hablar, de modo universal, algo
así como la necesidad y la función de dar cohesión interna a los elementos que
integran cada discurso (que las pausas, la entonación, la continuidad fónica
misma, cumplen con la función de reforzar la unidad del mensaje, constituida
primariamente en el nivel lexical y gramatical) ¿sería ésta vina dimensión del
lenguaje que, magnificada, constituiría el momento esencial del fenómeno de
la poesía, y no meramente una condición, entre otras, de su posibilidad?
Este aspecto del signo lingüístico del hablar -la cohesión de sus partes-
no es, en todo caso, una dimensión del significado del discurso, como lo son
las funciones de la tríada, y no puede ser puesto en el plano de éstas. La es
tructura del signo, o del «mensaje», no es una función semántica suya, sino
una condición posibilitadora de sus funciones semánticas, un rasgo descripti
vo intrínseco de su ser, no de su función de apuntar a otro ser, esto es, de su
significar.
La multiplicidad y la complejidad de los rasgos del acto de la co
municación lingüística, son inmensas. No he dejado de subrayarlo en mi
estudio. Pero creo que ha sido posible establecer distinciones clarificadoras,
que no debemos abandonar recayendo en una mera acumulación de «funcio
nes del lenguaje», no constitutivas de una clase genuina de dimensiones
semióticas.
Diré, de paso, que el florecimiento supernumerario de los nexos internos
del discurso es, para mí, una condición de la posibilidad de, al menos, ciertas
especies de poesía -por constituir la red estructural una intensificación de la
unidad del acto verbal-, pero diré, a la vez, que es una posibilidad creada por
el ser imaginario del discurso poético, esto es, por el hecho de que el discurso
poético es, en sí, una ficción.
Sólo discursos que nadie dice de veras en nues
tro mundo real, pueden ser elaborados como entidades de arquitectura
autosuficiente.
El principio poético de la repetición o equivalencia7, según la idea es-
tructuralista, no sólo operaría horizontalmente, a lo largo de la serie secuencial
de los elementos sucesivos del discurso -lo que ya comenté-, sino también
verticalmente, en forma simultánea, por la superposición, en cada momento
del texto, de mensajes paralelos, equivalentes en su sentido, aunque diversos
en su materia.
Así, el valor «simbólico» del perfil sonoro del discurso8, que
suele establecer, en la poesía, correspondencias entre el sonido de las pala
bras y el objeto significado por ellas, constituiría un mensaje paralelo y
equivalente al de la significación conceptual de las palabras, y también al cons
tituido por el despliegue de las imágenes (o de los objetos) proyectados
referencialmente por las mismas9. El «mensaje poético» diría, pues, lo mismo,
no sólo una y otra vez, sino, además, de varias maneras a la vez (!).
Los estra
tos de la obra poética se relacionarían, unos con otros, como se relacionan
entre sí las diversas versiones de un mito, de acuerdo a la antropología es
tructural de Lévi-Strauss (según la nota del antropólogo al ensayo citado, de
que es coautor R. Jakobson). No habría en el poema un puro decurso lineal,
sino un decurso a la vez progresivo y reiterativo. Es -ya lo anotamos- como si
se nos fuesen dando, una tras otra, informaciones diferentes, y, al hacerlo, se
nos reiterase, una y otra vez, en otro plano, una idéntica información. Cuál
sea esta idéntica información, deberá verse en cada poema singularmente.
Pero podemos conjeturar que habría de tratarse, en general, de un mensaje
inexplícito, de una proyección simbólica secundaria, sea del orden expresivo,
sea del orden representativo. Pues lo que el texto del poema llanamente dice, no
es sino ocasionalmente repetitivo, y es primordialmente una secuencia de in
formaciones diferentes. Sólo indirectamente, pues, de una manera no
inmediata, y semi-oculta, puede el poema reiterar continuadamente -un «men
saje» inexplícito. (No parece extraño, desde estas consideraciones, que exista
cierta afinidad entre la descripción estructuralista y las interpretaciones de la
llamada «psicología de lo profundo»)10.
Es oportuno recordar la importancia que concede Emil Staiger a las diversas formas de la repeti
ción como principio estructural de la poesía lírica -y la interpretación fenomenológica que da a
este dato formal. Véase la parte pertinente de su Grundbegriffe der Poetik.
Véase el «Apéndice», Cap. III, de mi libro citado.
A este tipo de relaciones verticales entre los estratos de la obra literaria, corresponden las afini
dades de «significante» y «significado» que Dámaso Alonso analiza en sus estudios de Poesía
española.
Las relaciones que acabo de indicar han sido rotuladas por Jakobson, en varios contextos, como
«metafóricas» (las de semejanza) y «metonímicas» (las de contigüidad y sucesión). Es de deplorar
el vago uso que se ha hecho moda dar a estos términos retóricos.
Por cierto, esta descripción mía de la teoría estructuralista del poema,
es unilateral y en extremo simplificadora (no he considerado las complejida
des que, junto al principio de semejanza, introduce Jakobson con el opuesto
principio de contigüidad), pues he querido mantenerme, para los fines pre
sentes, dentro de los límites de su axioma fundamental. No estamos
empeñados aquí en una exposición de la teoría estructuralista del poema, sino
en la crítica de la teoría jakobsoniana de las funciones del lenguaje, y de su
concepción de lo poético como una «función» especial del discurso.
Estas perspectivas de la teoría del poema, abiertas por Román Jakob
son, no pueden ser comprendidas, me parece, bajo el concepto de una
«función» del discurso real, que consistiría en la quasi-absolutización del
mensaje, en desmedro de sus dimensiones semánticas -a menos que conside
remos que el «mensaje» es el conjunto de las tres dimensiones semánticas
(la «situación comunicada», como dije al comienzo), con lo cual el modelo
de Jakobson se disolvería en la forma indicada antes. Más bien cabe pensar,
ante tales observaciones, que asistimos, en el poema, a una potenciación del
mensaje, que se despliega como potenciación de sus tres dimensiones
semánticas internas. Y como esto supone desprender al mensaje de toda
circunstancia real (según hemos visto en la Tercera Parte de mi libro citado),
la «función poética» del discurso no es, insisto, sino la producción del discur
so imaginario.
Para dar, a este punto fundamental de mi crítica a la concepción de
Jakobson, toda la claridad aquí posible, quiero reiterar finalmente, de un modo
algo diverso, los pasos esenciales de la reflexión que he expuesto: Aplicación
(«set», «Einstellung»), de los interlocutores o del lector, «al mensaje mismo» -dejando así en segundo plano su referencia a los objetos indicados y su rela
ción con el hablante y el oyente- puede entenderse de dos maneras: 1) atención
primordial al «significante» (en sus valores fonéticos o prosódicos) o 2), en su
totalidad, al signo lingüístico del hablar como unidad de significantes y signi
ficados. Esta segunda posibilidad de entender la citada fórmula definitoria
de la poesía, es la que Jakobson realiza en sus análisis de poemas, que, cierta
mente, no se limitan al análisis del sonido verbal y sus estructuras.
Pero esta
interpretación de la fórmula implica admitir las dimensiones semánticas in
ternas del discurso, es decir, la proyección ideal e imaginaria del objeto a que
se hace referencia, del hablante y del oyente. Si el objeto representado, el ha
blante y el oyente, en sus presencias imaginarias, forman parte del «mensaje»,
entonces la «Einstellung» o «set» hacia el mensaje en cuanto tal, es la disposi
ción del receptor hacia aquella especie de absolutización del discurso que pone
a éste fuera de situaciones reales, y desata, en lo imaginario, las dimensiones
internas de la significación. Es decir: la «función poética» del discurso no es
una función del discurso en la línea de las otras funciones, sino el fenómeno
de un discurso completo que es ontológicamente diverso del discurso real.